Siempre se está en busca de la felicidad,
Que se esconde y se disfraza;
Que se resbala y se anida,
Según nosotros
En cualquier otro.
Alguna vez me dije,
Cuando aún creía en un Dios,
Si de repente apareciera,
Seguro escaparía yo.
Se concibe una forma,
Imprecisa,
Intangible quizás,
Divina o monstruosa,
Confortable y tal vez dolorosa,
Incierta para quien duda,
Universal para quien cree y la crea.
Es la construcción eterna de lo etéreo.
La revancha de lo sensorial,
Contra la lógica de lo cierto.
El fin inmediato del nacido,
Es la muerte en sí.
El fin absoluto del humano,
Es la vida.
En la extensión de lo perpetuo,
Eso es la inmortalidad.
Cada quien alberga en sí,
El deseo de existir
hasta el límite de todas sus
consecuencias.
Y juramos que anhelamos
la llegada de la epifanía,
el arribo de la estela,
por encima de la penumbra.
Pero es mentira.
Así como belleza en absoluto,
Luz en demasía los ojos insola.
En realidad nadie está preparado para
ser feliz.
Y la felicidad tampoco lo está para el
que se niega a ella.
Durante el paso del sol de oriente a
occidente,
El accidente de encontrarse es
improbable.
La luna permanece en donde siempre,
Cambia de forma y mientras nosotros,
Nos hacemos viejos.
Esto,
si a la tierra no se le ha ocurrido el
extraernos para si.
Y queremos,
Alcanzar la cúspide
Y mirar desde arriba lo pequeños que
son aquellos.
Pero no hay escalera al cielo,
Ni alquimista capaz de descifrar el
antídoto contra el dolor del alma.
Quizás por eso los enamorados escapamos
del amor.
Tal vez por eso,
Caminar sobre senderos de suelo firme
Y la evasión constante a las arenas
movedizas.
Ser uno, al lado de otro
Es probablemente igual o más difícil
Que lograr SER consigo mismo.
Me pregunto si es posible entregarlo
todo.
Contesto que lo es.
Cuando quedarse sin nada no es,
Sino haber aspirado todo el oxígeno en
una bocanada,
Y aunque todo el aire pudiera hacer
estallar los pulmones,
Sabemos que lo hemos apostado todo.
Hasta el último respiro.
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