He mancillado el desprecio
del que
carece de ventura prosaica,
He acariciado el desdén,
del futuro
romance irracional y exasperado.
Que desemboca en catarsis,
Que las pupilas estrechas insola.
Niego el abismo infranqueable
de
catacumbas eternas.
Y el holocausto de un verbo,
que se enjugó sobre el páramo
con quien el fuego acabó.
Creo en la palabra pertinente,
Interpretando la oda en el compás
del
blasón embalsamado de sangre.
Furtiva inercia de cuarto menguante;
Redoblan las campanas,
y se desata un sollozo procaz y
desventurado.
Amén de todo lo que amé y no he amado,
bajo la cúpula celeste que ilumina a
lontananza
y a milímetros lo que los párpados cerrados no impiden.
Me confieso con lo vasto y cierto de mi
limitada razón
Soy mitad blasfemia y oración.
La pesadumbre que se yergue
sobre el
infinito instante de la felicidad.
Y el cautín a un corazón de estaño,
Hecatombe voraz y desmedida.
Lúgubre andén a ultramar desértico,
Al resplandor neón intoxicado de azul.
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