Dejé de hacer pilates porque me dolían las nalgas al final de la rutina.
Dejé de escribir porque terminaban no solo doliéndome los dedos y ardiéndome los ojos de estar frente al monitor.
Dejé de hacerlo porque me dolía poco más allá de mi pulmón derecho que es el más madreado de los dos,
porque me salía con la mía y terminaba terapeándome sin haberme dado cuenta. Pero las terapias duelen.
Dejé de caminar sobre avenida Xoco porque me dolía querer entrar al cine y que tú no me dijeras que mis películas apestan.
Dejé también de hacer alarde sobre la importancia de ponerse cinturón a la hora de conducir
y me compré una moto, con la intención de partirme la madre inmediatamente.
Dejé que me creciera la panza, porque quería contarte que estaba embarazada
pero nomás estaba gorda de tanto hibernar.
Dejé de serle fiel a la tendencia de mezclar los tennis con vestido de fiesta
y me monté en un par de tacones para ver si desde ahí veía un mundo distinto.
Dejé una cuenta pendiente con la vida, mucho más grande de la que ahora tengo con Banamex.
Dejé de aparecerme por la México-Texcoco sin pensar que acabaría trabajando justo enfrente de tu casa
y terminé montándome en más aviones que hombres por sentirme fiel a tu fantasma.
Dejé que la vida fuera eso que pasa mientras yo pasaba las horas recordando unas lecciones de manejo que jamás aprendí
porque hasta "Dios" me dió licencia, pero tú te fuiste sin pedir permiso.
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