Tal vez nos
conocimos demasiado tarde, en el lugar que no tenía por que ser. Lo
cierto, es lo único que recuerdo y lo poco que he querido olvidar. Jugábamos a
tatuarnos la piel con el labial magenta de mi madre, a escondernos bajo la cama
y a que nos ahogábamos en la tina. Nunca supe por qué tuvo que ser así, mis
padres nos enseñaban a cuidarnos de las personas que pudieran hacernos mal, de
la señora de la carnicería y de el hombre que vendía leche por barril,
rezábamos todas las noches y nos confesábamos cada domingo sin excepción.
Pecados absurdos, como ver más de dos horas la televisión, tirar las espinacas
por el fregadero, sacarnos los mocos frente a los adultos o intervenir mientras
los mayores hablaban. Eran tiempos distintos, se escuchaba poco de secuestros y
prostitución, de drogas, divorcios y cosas indignas para nuestra respetable
familia.
En casa, habían optado por la educación religiosa, así
que acudíamos de lunes a viernes al internado y los fines de semana podíamos
volver sin mayor problema. Estábamos acostumbrados a permanecer lejos de los
parientes y rodeados de monjas de la orden de María Regina. Ante la mirada
ajena; extraños, retraídos y poco sociables, insolentes para algunos niños
porque preferíamos leer pasajes bíblicos que salir a enlodarnos los zapatos.
Fabián y yo nos llevábamos poco tiempo, 15 minutos aproximadamente. Nos
formamos dentro del mismo saco amniótico y pese a ser mellizos, no nos
parecíamos demasiado. Él era delgado, con los ojos verdes y el cabello negro, pecoso,
de pequeños labios y nariz respingada,
orejas grandes y dedos muy largos. Yo, por mi parte, más bien rolliza, cabello
quebrado y rojo, ojos color ámbar y labios alargados. Las tías siempre tuvieron
muchas consideraciones con ambos, nos llamaban los Fabianes y siempre apostaban
que seríamos el orgullo de los Valencia cuando llegáramos a mayores. Por eso
preferíamos pasar los fines en casa de la tía Sara y la tía Lorena; nos
llevaban a santuarios y nos enseñaron a leer música, la primera pieza que aprendimos
fue el Ave María, que nos dejaron interpretar
en el órgano el día de la boda de
mi tía Esperanza. Siempre juntos, (a excepción de la vida en el María Regina)
hasta para tomar el baño y a la hora de dormir estábamos el uno con el otro.
Jamás peleábamos, pocas veces estuvimos en desacuerdo y si llegábamos a
molestarnos, sabíamos aceptar nuestras disculpas. El verano que cumplimos
quince, aún no mostrábamos los cambios de un adolescente para entonces, mi
periodo era algo inexistente y la voz de Fabián no había cambiado en lo
absoluto. Aquel día, mi madre me tomó la mano, y me llevó hasta nuestro cuarto
para decirme que se había desocupado el estudio y Fabián tenía que mudarse para
allá, que el tío Raúl se llevaría a Fabián a estudiar a Aguascalientes y solo
nos veríamos durante las vacaciones o en las reuniones familiares. Ridículo
todo, la mudanza a un cuarto que jamás se ocuparía, el llevarse a Fabián y
dejarme a mi en Guadalajara, el hablar
conmigo de una decisión tan tomada a la ligera como si pudiera
comprender la razón que jamás argumentó. Feliz cumpleaños, me dijo y me entregó
un regalo envuelto en una caja de color beige. Unas prendas de algodón,
vestido blanco y un sostén con
margaritas bordadas a los costados. -Te compraré más, ya no eres de corpiños-.
Me besó y salió para después volver y avisarme que tenía una reunión familiar
preparada para nosotros en la noche. Me recosté y caí rendida. Se ocultó el sol
sin que me diera cuenta, desperté y solo me recogí el cabello, mi madre subió
para avisar que la familia estaba abajo esperándonos , así que de prisa me puse
el vestido y bajé enseguida.
Todos estaban ahí, los abuelos y las tías, mis primos de
Zapopan y los del Distrito Federal. Todos sabían lo de mi hermano, fui la única
en ser avisada de ultima hora. Estaba molesta, más que por ser ignorada, por
ser yo la elegida a quedarme en la casa.
-Pues si no es velorio- me dijo Fabián cuando se acercó a
gritármelo al oído tras me verme sentada en el sofá con cara de indignación. –
¿No vas a bailar?- .-Tu ni bailas- le contesté mientras al fondo se escuchaba
un tocadiscos con un tango llamado
“escándalo” y a la tía Eugenia (la única
y más liberal de la familia), haciéndole segunda. –Jaja, y luego esa canción
tan fea- repliqué- Mm, pues ya te
pegaron los años, voy con Elisa allá
afuera- No, espérate, pero si me pisas, te pateo eh?- Uy, pues vas.-
Dimos vueltas hasta marearnos, me pisó y cumplí mi
promesa de patearlo, pero el se divertía con mis horribles dotes de bailarina.
Nos carcajeamos como pocas veces, el “escándalo” lo permitía, la noche despedía un olor poco
común, canela volátil que danzaba al tiempo que el impostergable tic tac del
viejo reloj colocado sobre la pared continuaba de manera ortodoxa y repetitiva;
cada cambio de posición de las agujas comandadas por la maquinaria, era un halo
de esperanza que iba muriendo irremediablemente. Fabián me miraba eufórico y
sobre sus mejillas rojísimas se acentuaban aún más sus antes diminutas pecas.
Luego, de repente, me jaló contra el y me dijo. – ¿Qué te pasó?, ¿Dónde te
sentaste?- Por qué!?- Porque tu vestido tiene sangre. –
Siento que palidecí, tuve mucha vergüenza y no quise
llamar a mi madre.
-Llévame allá arriba, por favor, no le digas a mi mamá.-
No china, ten, ponte mi saco.-
Cuando llegamos arriba, tuve mucho miedo de ver qué me
había pasado, en la escuela poco se hablaba de “eso”, y mi mamá no toleraba la
idea de educar una pareja de adolescentes acerca de algo tan “repulsivo”.
-Qué hago?- mi vestido se echó a perder, tengo ganas de
vomitar.-
-Cálmate, voy a pasar-
Y entró, me encontró ridícula, llorando como Magdalena, sentada en el escusado y con un montón de Kleenex pintados de rojo
tirados en el piso. Levanté la cara para mirarlo, limpiándome la nariz con una
toalla y preguntándome si me habrían visto allá abajo.
-Burra, no llores, ni te pasó nada- Se incorporó hasta
donde yo estaba y me limpió la cara con los puños de su camisa. Nos miramos de
repente y comenzamos a reír de la nada. –Te estás burlando de mi…-
-No, no inventes, bueno, si, pero no de esto.-
-Entonces?-
-De tu bra-
-Oye!-
-No sabía que ya eras mujer…-
-¿Pues qué era antes?, una planta?
-Jaja, estás bien loca, no, lo que dicen, los quince, ya
no vas a jugar con muñecas, te cambia el cuerpo, tienes novio… pues si, vas a
pensar en hombres.
Te vas a olvidar de mí.-
Hizo cara de disgusto mientras decía esto y lo miré con
sorpresa.
-Tú también vas a pensar en mujeres…-
Dije para romper el silencio.
Solo frunció el ceño y miró hacia otro lado.
-¿O no…?-
El silencio volvió
a hacerse. No dijimos más y nos besamos los labios, no como nos besaban
nuestros padres antes de dormir cuando teníamos tres o cuatro años. Lo hicimos
como tal vez lo habíamos deseado hacer desde hace mucho, como si tuviéramos
pánico de separarnos, como se devora la tarta caliente de manzana. De prisa,
con el temor de que pudiera ser para alguien más. Tirábamos de nuestros
cabellos, me desató los rizos y me llevó hasta él, nos deshicimos de la ropa
que fue lanzada sin mesura por todo el cuarto de baño. Tendidos sobre el suelo,
me besó los senos y se montó sobre mis
piernas, el enorme ventanal que daba hacia la casa de los Olguín se encontraba
abierto, las ventanas eran la conspiración edificada sobre infraestructura de
metal sostenida por columnas atadas a uno de los cuatro testigos de concreto
que de poseer garganta, confesarían lo que esa noche observaron con espanto.
Nuestros cuerpos; trémulos, tibios, jadeantes, narcotizados bajo el efecto de
la noche que acoge los deseos más insanos y voraces. Nuestras piernas
temblaban, simultáneamente abríamos y cerrábamos los ojos, me dejé palpar y
poco me importaba que mi cuerpo se encontrara comprimido entre la taza y la
tina, tomando fuerzas, me penetró finalmente. Hicimos el amor. Un grito vago
que lancé al vacío, me delataría. Profundo, profano. Me cerró la boca con sus manos y dejé que
terminara. Jamás la gloria prometida, sobre tierra de mortales indignos para
merecerla. No era el ave María en la boda de la tía Esperanza, no la tarta de
manzana caliente, no el Stenway del
cumpleaños número 14, los viajes a Provenza ni el momento más excelso de
nuestras últimas vacaciones en Tierra Santa. La tierra santa estaba ahí, siempre al otro lado de la habitación,
en el colegio de al lado, en la misma sala y comedor, en el mismo saco
amniótico, en el mismo seno compartido cuando infantes, en la repuesta
inmediata a la palabra inconclusa que mi receptor culminaba, en el eco
desprendido de mi propia voz, en el alter desollado de mi piel enrojecida; En el. que también soy yo. en ambos.
Se levantó para eyacular sobre el vestido blanco, se
incorporó de nuevo, me beso los labios, luego la frente y me dijo: - Me tengo
que ir -
Se vistió y salió del cuarto. Allá abajo, la fiesta
continuaba. Me recosté confundida y extrañamente feliz, melancólica,
excitada y adolorida entre las piernas.
Poco nos vimos después, porque me fui de vacaciones al
Distrito con la tía Susana y su familia, lo cierto, era que no podía concebir
aún que todo aquello hubiera pasado. Llamó mi madre a casa de la tía, pero
habíamos salido a San Ángel y sólo dejó recado.
-Dijo tu mamá que tu tío Raúl ya fue por Fabián para
llevárselo a Aguascalientes, pero que te deja muchos besos y pronto te escribe.
–
Sonreí, disfrazando el duelo que yacía sobre mi alma ya
cadáver .
-Orale, pues iremos a visitarlo- dije como si pasara
nada.
La visita a Aguascalientes nunca llegó, las cartas
tampoco, Fabián después se fue a estudiar la Universidad en Québec y yo terminé
en la Nacional de Música.
Sobra decir, la interminable lista de romances
posteriores a la separación de mi hermano, que mantuve después. Yo, me
divertía, Fabián seguramente hacía lo mismo.
En la preparatoria, se erigió una leyenda ridícula, donde
las chicas aseguraban que me aparecía por las noches sobre avenida Revolución,
de la mano de un hombre mayor con aspecto de gángster, a bordo de un jaguar sin
capota y demasiado “enamorada” . El que ahora me parece un hilarante
disparate, les fue por demás
contraproducente. Ya que tras la difusión de tan absurdo cuento, aquellos que
jamás me hubieran visto, llamaban por la noche preguntando por mí, me tomaban
por detrás para charlar, o simplemente se mostraban demasiado interesados a
momentos en que mi opinión se hacía presente en el salón.
Yo sabía que lo mejor era olvidarme de Fabián, aquellos
no podían ser tan ordinarios, como algunas veces lo creí, así me enamoré,
lloré, aprendí a fingir también y a olvidarme a ratos de aquel que no sabía si
volvería.
Inútil no, simplemente poco necesario, para darme cuenta
que placeres lascivos se tornaban soeces en la inexistencia de el único que
había sabido amarme como yo también lo hacía. Qué patético saberlo y no podérselo
decir.
Viví, sin duda. Aún con la constante agonía de un regreso
sin fecha programada.
Recibí una llamada por la mañana. Era Fabián.
Hoy viene a
Altavista, el lugar donde vivimos ahora, para presentarnos a la chica con la
que piensa vivir el resto de su vida. Dice que dejó un amor en México. Ya me temía yo, que fingía
celibato. Están tocando el timbre, y mis papás andan en Xochimilco, con el delirio de capitanes
de trajinera que les ha dado
últimamente, llegarán muy tarde. Detesto recibir visitas cuando me encuentro
sola, nunca he sido buena anfitriona. Camino despacio, ideando la forma
correcta de recibir a alguien que no he visto desde hace tiempo, imaginando
quién será la chica y por qué no la conozco. Habrá cambiado Fabián o seguirá
igual. Las pecas, los labios, la mirada de ojos grandes cínicos y encantadores,
el olor a la loción de Guerlain que le robó a mi padre aquel día y que en él
olía mucho mejor… Finalmente; abro la puerta y me encuentro de frente a un
vendedor de biblias, (la verdad es que uno se hace agnóstico después de vivir
entre santitos). –No, mil gracias, ya tenemos muchas- Cierro la puerta decepcionada
y me voy al piano a practicar, vuelven a tocar el timbre, regreso rascándome la
cabeza, molesta por la interrupción , los pantalones más debajo del obligo y
sostenidos apenas por la breve y huesuda cadera que poco definía mi ahora por
demás flacucho y largo cuerpo…Abro la puerta., libero el seguro. miro por el
lente. No miro a nadie. No desato la cadena. Me asomo por el espacio entre el
umbral y la puerta.
Es Fabián.
Transpiro frío, levanto una ceja, no suelto el costado de
la puerta, mi pie descalzo danza sobre un mismo eje. No tengo ganas de
preguntar cómo le fue, dónde estuvo todo este tiempo, ni por qué jamás
escribió. Finalmente , pregunto sobre lo único que me ha desmoronado la
paciencia en los últimos días. Sostengo la cadena. Asomo mi cabeza.
-Y tu enamorada?-
Se acerca hasta mi y me besa los labios como hace más de
10 años lo hizo por última vez. Suelto la cadena. Abro la puerta.
-Creo que la conozco.-
Sonreímos cómplices, pasa adentro.
Y entonces cerramos la puerta porque afuera hace frío y
vaya si la habíamos extrañado.
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