Mi maestra dice que la vejez llega cuando una
persona tiene más de sesenta años, le llaman tercera edad; senectud es la
palabra que utilizó para nombrar a los viejitos de una manera menos grosera. Mi
abuela tiene cincuenta y cuatro y le faltan seis años para serlo. Caro, mi mamá tiene treintaycinco y parece
hermana de mi abuela.
No se lo digo, porque a pesar de eso, es
bonita.
Mi mamá parece no darse cuenta, pero le gusta
desafiar las reglas en casa, y si hago
un berrinche, no me regaña, en cambio, me promete paseos a los que vamos a
escondidas si obedezco a mi papá y a la abuela. Por eso, dicen que es como yo,
muy maleducada. A ella le gusta jugar, y
cuando era más pequeño, me llevaba a donde ella junto con más personas, se
convertían en alguien distinto y usaban
disfraces, repetían diálogos y se hacían llamar con nombres muy raros. Algunas veces le llamaban Electra, otras
Inés, Bernarda o incluso señora
Capuleto. Al principio me daban miedo
sus amigos, después, mi papá me explicó que sólo eran actores y mamá una de
ellos.
A ella le gusta vestirse de maneras muy extrañas,
casi siempre que salimos, usa gafas y se pone una capucha como si viviéramos en
Groenlandia, dice que tiene frío y que el sol le lastima. Aún así, no falta a
mis entrenamientos de hockey y le gusta inventar porras junto con las niñas de
artístico.
Yo me divierto mucho con ella, porque los
viernes comemos debajo de la mesa mucha comida chatarra, nos gustan las películas
de terror y hacer animales y
monstruos en la pared cuando mi cuarto
está un poco oscuro. Ella no le tiene miedo a los muertos; dice que sólo hacen
bromas pero no hacen daño a la gente que se porta bien, por eso cuando estoy
con ella ni rezongo, lleva buena amistad con ellos y puede acusarme para que me
hagan una maldad si hago algo muy terrible.
Un día, mi papá y la abuela le regañaron
porque rompió un cerdito que teníamos en la juguetera y se compró una motoneta,
no me enojé, porque ese dinero no era mío, además, me llevó a pasear. Ese día,
fuimos a un planetario y me explicó que hay en Florida, un lugar desde donde
salen los cohetes directo al espacio, para ver más de cerca el universo, dijo
que moriría por ser astronauta.
Hace tiempo que dejó de trabajar, se pone
triste cuando la abuela le suplica que regrese a la cama, pero sólo se va y se
mete en la mía para tomarme la mano y dibujarle caritas a mis dedos, después me
abraza muy fuerte y me cuenta cuentos de cuando íbamos camino al hospital. Yo dentro
de ella y papá casi haciéndose pipí de nervios. Siempre cambia algo en la
historia, pero no se lo digo porque me gusta escuchar cómo vine a parar aquí.
Dice que cada vez soy un niño más grande, que en poco tiempo seré más alto que
papá y tendré que cargarlo si se queda dormido en el sofá. Por eso, dejé de hacer pis en mi pijama, los
grandes no se orinan, a menos que vayan a tener un bebé.
Me sorprendí un día que llegué de la escuela
y traía puesta una de mis cachuchas de beisbol, con la capucha encima y sus
inseparables lentes. Le dije que parecía un rapero, se echó a reír muy fuerte y después vi algo muy raro, porque
también estaba llorando. Nunca pensé que eso fuera posible. Cuando se calmó, me
dijo; soy un cabeza rapada.
Algunos días después, la abuela le compró
muchas pelucas y se puso feliz, porque podía ser lacia, rizada, castaña o
rubia, con flequillo o con un corte que parecía traer debajo un nido de
pájaros.
Apenas fue mi cumpleaños, cumplí ocho y se
sorprendieron los vecinos porque pensaban que ya era de quinto y que tenía
diez, unos no dijeron nada, pero otros, se acercaban a la abuela preguntándole si me encontraba bien, dejaban los regalos
sobre la mesa y pedían a los demás niños que no hicieran ruido. Parecía un
domingo de misa, todo muy aburrido.
Por la noche, escapamos mamá y yo al cine. La
pasamos muy divertidos, escondiéndonos del señor que salía de las salas cada
que nos cambiábamos a otra, vimos como tres películas incompletas, pero estuvo
bien.
Hoy por la mañana, escuché mucho ruido, me
levanté rápido cuando escuché la voz del doctor y otras señoras en el pasillo.
Mi papá corrió a abrazarme, con los ojos tan rojos como cuando te entra jabón
detergente o te aguantas un castigo encerrado, la abuela enseguida me tomó de
las manos y cuando vio las caritas en mis dedos, cayó de rodillas sin soltarme.
No entendía muy bien, pero comenzaron
a decir que mamá haría por fin lo
que las personas hacen cuando duermen
profundamente; había dejado la tierra para subir al cielo y convertirse
en un ángel.
Supongo que tienen mucha imaginación. Porque
la verdad, sólo yo la sé. Ahora
mamá es un verdadero astronauta.
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