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Thursday, October 24, 2013

La verdad acerca de la Montaña Rusa

La verdad es que buscábamos la excusa perfecta para escapar del todo.                 Y cuando decíamos del todo, hablábamos acerca de todo lo que fuera posible evadirse. Incluyendo responsabilidades y la promesa de llegar temprano a casa.
Era viernes y habíamos decidido tomar durante la noche todo lo que se adhiriera a nuestras manos, una cerveza, dos, una más, un mezcal y otro, un vaso con agua y lanzarlo en la cara de Claudine, después vertir uno sobre mí misma. Entonces comenzamos a jugar con unos popotes y a lanzar chorros de agua y pedazos de hielo sobre un par de Hindués que bailaban sin nada de ritmo. A lo lejos se escuchaba de manera bien distorsionada Dancing With Myself , con un Billy Idol más que idiota en un delay que apenas percibían mis oídos. Seguía moviéndome, con esa por demás enmarañada y larga melena que resistía a cortarme, y que un día un barbero inmisericorde me cortó tras advertirle: Estoy Harta del Bochorno.
Una mano amenazó con llevarse mi trasero directamente hacia el paquete de su dueño (hablo del dueño de la mano), entonces advertí con un ligero puñetazo que lo llevó al piso, que era hora de marcharnos. Salimos corriendo enmedio de un alboroto donde parecíamos correr muy lentamente -y entre fango- hacia la única salida de emergencia que sólo Claudine y yo conocíamos.
Una vez abajo, un sujeto que custodiaba el edificio nos pidió identificarnos.               Mi estómago se encontraba a un lado de mis gánglios y decidió salir de paseo para quedarse a observar el asombro del guardia desde sus propios pies.      Caí torpemente mientras el sujeto buscaba un trapo para limpiar el desastre y unos vecinos del edificio con gesto de náusea abrían la puerta en su totalidad. Entonces me levanté y corrí todo lo que mis piernas resistieron a lo largo de la Avenida Tamaulipas y detrás de Claudine que con innegable adrenalina e insuperable maestría había logrado coger todas nuestras cosas del suelo.       Yo me preocupaba de que algún loco me reconociera entre la multitud y gritara por fin mi nombre. Entonces corrí con mayor desesperación y al fin me detuve a la entrada del pub. Entré con todo el garbo que me permitió el equilibrio y la falsedad con que un experto borracho "principiante" pretende parecer sobrio y cool.                                                                                                                       -Un Backstreet Boys Doble, en las rocas por favor-. Allen ya sabía lo que quería, así que me sirvió un vaso con agua que sólo parece divertido pero no es más que eso. Agua y un chingo de hielos.                                                       Entonces llegó Claudine, hecha una maraña de pánico y se sentó a contemplar la parsimonía con que tomaba mi "BackstreetBoysDoble".                                Relatamos uno a uno los detalles de nuestra hazaña cual si fueran las caídas del mismo Jesucristo en el vía crucis.                                                                          La noche era joven, y nosotros eramos ingenuos y arrogantes.                      Después de unas horas no decidíamos, nuestras casas o las calles de la Condesa; seguir intoxicándonos de manera estúpida o frenar el impulso de autodestrucción. - Mi casa está cerca- Irrumpió Allen, y con el pretexto de dormir un par de horas, encontramos la razón ideal para continuar con la fiesta. Nos largamos unos minutos después, y pasamos a un  oxxo y compramos alcohol como misiles para el Bismarck.                                                                            Yo me paré en una taquería a tragar como maldito cerdo fascista.                        
Llegamos para seguir lanzando disparates y vociferar de manera estridente contra todo lo que nos mantenía inconformes.                                                      Yo sólo me quejaba de tener una uña enterrada y no poderme poner mis botas vaqueras.  De lo demás, yo ni tenía cuidado. Hablaban de política y yo prefería sostener una tecate y acariciar al pitbull que tenían por perro. No es que fuera apática. Simplemente era apartidista.

Después me levanté con el pretexto de orinar, y me encontré con Allen en la cocina. Era ahora o era chingas a tu madre y olvídalo todo.
Así que con la raquítica vergüenza que me restaba, me abalancé sobre su boca rosa de adolescente y le planté el más nasty de los besos que tenía en ese momento de mi post-peda mal pedo.
-No puedo- Me dijo con un aire entre incómodo y aterrado por mi acelerado impulso.
                                                                                                                                -Entonces no- Y me dirigía una vez más hacia la sala, cuando me jaló para hacerme ver que siempre sí.
Nos encontró el roomie. Y enseguida nos tomó del brazo y nos colocó de nueva cuenta en el sofá.
Un dude con barba llevaba un popote en la mano. -¿Quieren coca?- Y no ví de cuándo el impulso pero ya estábamos cada uno con popote en mano. -Es mi primera vez- le dije a Allen y no le dió risa. En cambio, me regaló la mejor de las sonrisas de la noche y con los huevos en la mano (huevos que nunca he tenido), le jalé hasta el full.
Minutos más tarde, ahí seguían todos. Claudine y el crew de roomates pisteros. Pero nos valía miados. Estábamos drogados, festivos y con ánimo cachondo que hasta nos abrazábamos.

-¿Quieren ir a la feria?- Dijo uno de los roomies- Y entonces ya estábamos parados afuera del edificio. Eran como las 8 de la mañana y yo sentía una pachanga en el cerebro con la que mis pies ya  no podían.
No tiene caso lo demás, lo magnífico es que estábamos al cabo de una hora montados en la montaña rusa gritando como desesperados, post-alcoholizados en una cruda que no había terminado de serlo y de inmediato se había convertido en un Mood trip de cocaína con la que no me sentía todavía identificada.                                                                                                                   No pasó nada, la verdad es que nunca pasa nada... que no quiera que suceda.

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