Decidí dar el discurso en el parlamento
de locos,
un horizonte de acentos enmudecieron al
acto de la ventura obscena.
Aprehendiendo las líneas en la lluvia,
desafiando al reloj del meridiano.
La vida se consume mientras se mantiene
apagado el astro.
Quise aspirar en un solo acto la cordura
de una pueril nación.
Acto seguido,
sangró el septum, el séptimo sello se
reveló.
El niño prodigio no sabe de caos,
mira hacia el norte y atiende a su
madre cuando es requerido.
Yo que no soy;
más que mitad mortal, mitad cadáver
discreto,
me dedico a esculpir la esfinge
semicircular
y me obligo a encender la ira de Dios.
Es poco más que sentirse dos veces vivo
y al mismo tiempo embestirse al suicidio.
Son arbitrariedades precisas
sobre la tierra fatídica de Oblivión.
Ahora…
Es el memento
morí del no nacido en su existencia efímera,
la intempestiva aparición del astro y la
razón de súbito.
Llega la taquicardia
y una sed insoportable de volver una vez
más
a cabalgar sobre sombras de minotauro,
de colocarse los cuernos de la valquiria
y elucubrar falsedades
en el anonimato de una multitud de voces
en dirección al abismo.
Basta la estridencia de una carcajada
para sonreír al trago amargo del hoy
envilecido.
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