Gente de vanguardia, síganme
Sunday, October 20, 2013
Exactamente eso.
No encuentro discursos extraordinarios, que me
conmuevan hasta la risa o exorcisen el llanto.
Recuerdo 2008, una tienda de libros y el camino hacia tu casa a bordo de
tu auto, nos mirábamos una y otra vez repitiéndonos; ésto no es real,
pero me gusta, no es real pero me gustas.
Y entonces saltábamos charcos, después aceras y por último tu cama, la
más grande de tu casa. Aquella donde nos deshicimos unas cuatrocientas
veinticinco veces y sobraba tiempo incluso para tenderla y tendernos
nuevamente sobre ella. Tenías los brazos pequeños y el cabello muy
largo, -quizás sería que mi cabello era entonces más corto y mis brazos
siempre han sido largos-
Dormimos juntos por primera vez en diciembre, tenía resfriado y me
preparaste un té que jamás terminé, veíamos Las amargas lágrimas de
Petra Von Kant y lloré no porque fuera tremendo filme, sino por ser tan
idiota que me perdí mirándote la barba y jamás entendí.
Nos persiguieron hazañas que quisimos hospedar a nuestro lado, tus
historias, las mías y al final pactamos escribir una sola, cuyo final
desconocimos.
Algunas veces pienso que debimos continuar ocultándonos el uno del otro,
postergando citas y jamás habernos aparecido cara a cara sentados sobre
las gradas en el campo de fútbol de la Universiad. Que no debí
entregarte un twinkie con aquella nota, ni confesarte que corrían
trescientos mil escarabajos por debajo de mis pies cuando sentía tus
pasos alcanzarme. No hay novela ni existe filme que relate en paradoja
incluso la forma en que fuimos descendiendo hasta el centro de la tierra
hasta cruzar la frontera con el infierno. Jamás fuimos a Las Vegas,
porque tú eras millonario y yo trabajaba por 20.50 la hora y entonces no
pudimos casarnos.
Siempre sentí celos de todo, incluso de tu hermana por verte pasear por
tu casa en calzones, luego de tus amigas y por último de quien supe que
te hizo un guiño y terminaste besando.
Aveces alcanzo a escuchar todavía tu voz gritando desde afuera mi
nombre, entonces salgo en pijama convencida de que ésta vez haré todo lo
contrario a lo que el corazón reclama y dejaré que me gobierne la
razón, para salir invicta, para tomar tu mano aunque me suden las palmas
y guardar postura, aunque haya dentro de mi un torrente amenazándome
con estallar y arrojar toda la sangre como un río, caudaloso y salvaje.
Pero hoy no existes en ésta historia, y hay sed pero se ha evaporado
toda el agua, hoy sólo queda un peñasco escarpado y peligroso que he de
escalar sin ayuda de tus brazos más hábiles que los míos.
Quizás no lo sabes, pero me ha costado un millón de algoritmos recordar
cómo se traza un mapa sencillo, que me lleve de vuelta a casa, dejar de
marcar tu número y hacer rituales míticos donde olvidé incluso tus
apellidos.
No encuentro discursos extraordinarios porque no existe una historia ni
remotamente parecida a la nuestra, y eso... tal vez sea lo único que nos
pertenezca.
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